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20 de enero de 2011

Orteguería IV: el arte del pinganillo

Sospecho que esto del pinganillo senatorial, tan criticado estos días en todos los medios, no está recibiendo un juicio justo, como expresión artística que es, pero me queda la tranquilidad de saber para mis adentros que la historia lo recordará en su merecida magnitud. Acaba de nacer el arte del pinganillo, suerte de tropelía que se comete con desmedida sinrazón para adornar el distanciamiento de la clase política.

Ya lo decía Ortega:

La primera acción artística que el hombre ejecutó fue adornar, y ante todo adornar su propio cuerpo. En el adorno, arte primigenio, hallamos el germen de todas las demás. Y esa primera obra de arte consistió sencillamente en la unión de dos obras de la naturaleza que la naturaleza no había unido. Sobre su cabeza puso el hombre una pluma de ave o sobre su pecho los dientes de una fiera, o en torno a la muñeca se ciño un brazalete de piedras vistosas. He ahí el primer balbuceo de ese tan complejo y divino discurso del arte.


Ignorando miles de años de evolución, el hombre ahora, recreándose en el lodazal que pisa con enfermiza terquedad, ha decidido colocar en sus orejas el pinganillo, un elemento que ni la naturaleza ni la sociedad habían unido antes porque nunca hizo falta.

Continúa Ortega:

¿Qué misterioso instinto indujo al indio a poner su cabeza una lucida pluma de ave? Sin duda el instinto de llamar la atención, de marcar su diferencia y superioridad sobre los demás. La biología va mostrando como es aún más profundo que el instinto de conservación el instinto de superación y predominio.

Aquel indio genial sentía en su pecho una confusa idea de que valía más que los otros, de que era más hombre que los otros.


Más allá de la supina estupidez que supone, disponiendo de una lengua común, dificultar el entendimiento en una cámara de representantes cuya función debe sustentarse precisamente en el diálogo, lo más preocupante del asunto es que en el origen del sinsentido subyaga el sentimiento de superioridad de quienes cometen el dislate.

Estos indios del gobierno que sufrimos nos contemplan desde sus baluartes, pinganillos en ristre, desafiando nuestra capacidad de aguante. Y nosotros no aprendemos.

Y todavía hay quienes aplauden la aberración en aras de la pluralidad. Políticos y periodistas que también se burlan desde sus atalayas de las miserias del pueblo. Una cámara plural es aquella en la que sus miembros, diversos en su parecer y en sus intereses, comparten un parlamento en el que expresar sus diferencias para poder alcanzar algún acuerdo. Si ponemos trabas a esta capacidad de entendimiento, la cámara dejará de ser útil. ¿Se han creído que somo imbéciles o lo somos realmente? Nos acordaremos al ir a votar... ¿a que no?
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16 de marzo de 2006

Orteguería I: El hombre ejemplar

En uno de los capítulos de El Espectador, Ortega recuerda una insinuación suya en La España Invertebrada sobre el origen de la sociedad y sus reflexiones le llevan discernir sobre la ejemplaridad de los hombres. Cito:

La superioridad, la excelencia de cierto individuo produce en otros, automáticamente, un impulso de adhesión, de secuacidad. Las maneras o usos de esa persona eminente son adoptados como normas sobreindividuales por los entusiastas atraídos. Si hay, pues, que hablar de instinto, diríamos que el instinto social consiste concretamente en un impulso de docilidad que unos hombres sienten hacia otro en algún sentido ejemplar. […]

Somos imitadores, necesitamos modelos, perseguimos la perfección bajo la referencia de nuestros ídolos y, ojo, no estoy diciendo que seamos o debamos ser idólatras, me estoy refiriendo a las distintas figuras que vamos encontrando en nuestra vida, empezando por nuestros padres, con las que fijamos nuestras líneas maestras de la vida. Desde el “yo quiero ser como papá” al “quiero ser bombero” no hay más evolución que la del cambio de modelo.

Nuestro instinto nos lleva a buscar pautas de imitación para tener la seguridad de obrar correctamente… porque buscamos un reconocimiento, al menos, de pertenencia a un grupo. La sociedad, el grupo, es la que brinda los ejemplos a seguir para aceptar a sus miembros. Ese es el peligro que nos acecha siempre: ¿qué modelos estamos encumbrando para servir de guía a los más jóvenes? Y si esto ya era un peligro hace ochenta años, cómo no será ahora en la sociedad de la información, donde el bombardeo de mensajes se produce a escala planetaria. Cuanto mayor es el grupo de dóciles, más fuerza tiene el ejemplo.

De los “yuppies” a los “frikies”, pasando por la cultura del pelotazo, hemos visto de todo: endiosar drogadictos –que luego morían en el olvido-, enaltecer a ladrones –que ahora peinan canas entre rejas-, incluso vitorear a un hombre con un perejil en la cabeza –que el hambre nos puede volver patéticos-. El que crece con esos nortes no puede llegar a ninguna parte.

Otro peligro que nos acecha es, no ya vigilar por quién es la referencia de nuestros hijos, sino tener que sufrir la figura del que se quiere erigir en modelo para los demás.

Frente a la auténtica ejemplaridad hay una ejemplaridad ficticia e inane. Una y otra se diferencian, por lo pronto, en que el hombre ejemplar no se propone nunca serlo. Obedeciendo a una profunda exigencia de su organismo, se entrega apasionadamente al ejercicio de una actividad –la caza o la guerra, el amor al prójimo la ciencia, la religiosidad o el arte. En esta entrega inmediata, directa, espontánea a una labor consigue cierto grado de perfección, y entonces, sin que él se lo proponga, como una consecuencia imprevista, resulta ser ejemplar para otros hombres.

En el falso ejemplar la trayectoria espiritual es de dirección opuesta. Se propone directamente ser ejemplar; en qué y cómo es cuestión secundaria que luego procurará resolver. No le interesa labor alguna determinada; no siente en nada apetito de perfección. Lo que le atrae, lo que ambiciona es ese efecto social de la perfección- la ejemplaridad. No quiere ser gran cazador o guerrero, ni bueno, ni sabio, ni santo. No quiere, en rigor, ser nada en sí mismo. Quiere ser para los demás, en los ojos ajenos, la norma y el modelo. […] Véase como el propósito de ser ejemplar es, en su esencia misma, una inmoralidad. […]

La esterilidad del falso ejemplar es consecuencia inevitable de su propósito. Como se siente originalmente arrastrado hacia ninguna labor positiva ni goza de aptitud especial para ellas, tenderá a subrayar más en su vida la perfección en el no hacer que en el hacer.

Analiza Ortega en este punto una característica muy habitual en ciertos individuos: dar importancia a lo que no la tiene buscando ejemplaridad. Cuántas veces oímos frases del estilo de “yo nunca viajo en metro” o “yo nunca como de menú” contundentemente pronunciadas pero nunca argumentadas positivamente, sino “porque no”.

[…] …síntoma inequívoco de falsa ejemplaridad y se propone ineludiblemente en todo el que, esperando a toda hora cosas grandes de sí mismo, no es capaz de entregarse a ninguna actividad determinada por vivir preocupado sólo de su propia ejemplaridad.


Para muestra un botón: ¿qué es, si no, la Alianza de Civilizaciones?
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15 de marzo de 2006

De las Orteguerías


José Ortega y Gasset fue, además de un gran pensador, un profesor con mayúsculas. Negrita y subrayado, añadimos hoy. Como un componente esencial de su sistema de análisis metafísico se hallaba la comunicación. De nada le servía escudriñar y discernir sobre los muy distintos y variados entresijos de la vida si no era con la intención de compartir sus conclusiones con los demás. Otra cosa es que se le hiciera mucho caso, habitual de la sociedad para con los filósofos, pero Ortega, desde la soledad de las mentes privilegiadas, no cesó nunca en su afán por transmitir sus, podríamos decir, clarividencias. Así lo atestiguan su cátedra y sus libros, ensayos, revistas, artículos, discursos, lecciones… Ortega quería enseñar a pensar a los españoles, que no es poco, y emprendió lo que él mismo llamaba “propaganda de la luz mental” valiéndose de todos los medios a su alcance. Si hubiera conocido la Red habríamos disfrutado, a buen seguro, de un bloguero –con perdón- de altura infinita, que digo yo que esto de la blogalización le seduciría también.

Gracias a la labor de esos atletas del pensamiento el hombre vuelve a encontrarse sólo frente a la bruta y ciega sucesión de los hechos, decía Ramiro de Maeztu. Ortega se esforzó para mitigar esa soledad y dirigió su esfuerzo reflexivo hacia la cotidianidad de los españoles para, partiendo de ella, desgranándola, alcanzar juicios más amplios. Y digo juicios porque ya sabemos que “yo soy yo y mis circunstancias” y las verdades tienen para Ortega tantas caras como ojos la miran, no dejando por ello de ser verdades.

Con la serie de Orteguerías que me propongo iniciar aquí no pretendo, ni muchísimo menos, recuperar el legado intelectual del gran profesor, ni siquiera contribuir a su difusión, que ya existen instituciones y personas dedicadas a tal efecto cargadas de una erudición y un sentido que ni de lejos llenan mis alforjas. Es más, seguramente daré más de una patada a los pensamientos del filósofo queriendo interpretar en sus escritos conclusiones que jamás habrían salido de la cabeza de su autor. Si eso ocurre, sepan mis tres lectores que habrá sido fruto de mi ignorancia y con la mejor de las intenciones. Mis disculpas de antemano.

La España que vivió Ortega es muy distinta de la de hoy, no así los españoles, razón por la que entiendo muy apropiado recuperar algunas de sus reflexiones para comentar los aconteceres que se nos echan encima cada día desde el asidero de cordura que sus pensamientos son, al menos para mí.

Si la humilde intención de este cuaderno titulado No aprendemos es la de llamar la atención sobre la sinrazón que impera en nuestra sociedad, muchas veces como mero ejercicio de desahogo, considero que nada mejor para hacerlo que abrazar los legados de lucidez que regalaron los más grandes. Y Ortega lo fue y sus legados lo fueron.

Aunque algo de homenaje hay en ella, queda inaugurada esta sección de Orteguerías desde la preocupación, lejos del sinvivir aunque algunos días allí casi instalada, de que aquí no aprendemos porque no queremos… que para eso somos españoles.

Mañana empezamos.
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