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20 de enero de 2015

Podemos significa que podemos… nada más

Mi padre acostumbra a resumir los telediarios con un lacónico “siempre lo mismo, qué pesaos están con el Coleta y los “Harry Potter”, que es como llama a Pablo Iglesias y su camarilla desde que se fijó que uno de ellos se parecía mucho al personaje de Rowling. Ninguno de los dos sabemos si es el que se llevaba muertos los 1.800 euros de la Universidad ¿de Málaga? o es otro, pero es verdad que hay uno clavao y juntos, el grupito, parecen sacados de los pasillos de Hogwarts. Y es que creo que mi padre, como la mayoría, no aciertan a comprender esto que los politólogos llaman “el fenómeno Podemos” y se distrae buscándoles parecidos.
Foto de larepublica.es

Tengo que reconocer que yo descubrí quién era Pablo Iglesias el día de las elecciones europeas, cuando pegaron la campanada desde los primeros escrutinios. Hacía años que había abandonado los debates de la tele y cuando pregunté “¿y esos quiénes son?” y me dijeron “sí hombre, sí, los del Pablo Iglesias, el de las tertulias” reconozco que el único que se me venía a la cabeza era Pablo Castellanos. Del Coleta no había catado ni una pizca y, como con el picante, me gustaron las primeras cucharadas, se me atragantaron las siguientes y terminé con indigestión con la jartá que nos pegamos después.

Me sorprende que todavía siguen saliendo encuestas que les conceden mucho respaldo y me sorprende más que mucha gente se lo cree. Alguno hasta planea su salida de España para salvar sus ahorros. Para mí que con el tiempo ese respaldo va a menguar tanto que se van a terminar cayendo para atrás. Y me lo parece por varias razones.

Primero, porque se les ve el plumero. Su discurso está muy bien para una asamblea de cabreados pero no sobrevive fuera del bar. Con unas cervecitas todos arreglamos el mundo y a la mañana siguiente volvemos a la realidad, a trabajar o a lo que sea. Eso sí, nos hemos desahogado y eso aligera las neuronas una barbaridad. En su lenguaje: si se presentan sin tener ni puta idea de nada es porque son casta, están ahí para trincar.

Segundo, porque el resto de trincones no les van a dejar… y si no, al tiempo.

Tercero, porque no se van a presentar. Cuando las encuestas les vayan menguando el respaldo hasta el punto de no llegar ni a sujetarles los riñones, se decantarán por evitar el ridículo y volver a lo suyo, que es donde tienen de verdad futuro y donde incluso les necesitamos: pensar y hacer pensar. Pablo Iglesias se puede convertir en un referente si se dedica a poner en la mesa verdades incómodas y a sacudir a la gente es sus sofás. Podrá convertirse en el catalizador de nuestra política y una de las palancas de cambio hacia una nueva forma de gobernar y de ser gobernado. Ahí sí que le necesitamos y ahí es donde le quiere la gente, aunque todavía no lo sepan.

Nadie quiere que nos convirtamos en una república bananera, sin clase media, sin inversiones, sin propiedad privada. Nadie quiere perder lo poco que tiene pero todos queremos una nueva política. Todos queremos gobernantes decentes, honestos, honrados, capaces… vocacionales, no vacacionales. Pero nadie va a tirar a la basura 25 años de hipoteca para cambiar eso.

El fenómeno Podemos significa que realmente podemos cambiar las cosas, que en las urnas y en la calle y en las redes sociales y en todas partes podemos decidir que queremos unos políticos de verdad. El subidón de Podemos ha conseguido que se ponga en marcha una caza de brujas como jamás habíamos imaginado. Los partidos que no continúen con ella hasta el fondo y no apliquen de verdad transparencia y honradez, se hundirán en la miseria… y los hijos de la gran puta que sigan empeñados en robarnos terminarán en la cárcel y a gorrazos. El trincón no es que esté mal visto, es que se le ha levantado la veda y se les puede abatir. Y el fanfarrón que pagaba los cubiertos a cien euros con nuestro dinero y nos miraba por encima del hombro, hoy no encuentra dónde lavar su imagen.

Ese es el poder de la gente, de la opinión pública. Eso es lo que ha conseguido Podemos. Eso era lo que necesitábamos. Y nada más. Ahora, que los partidos de verdad se apliquen el cuento.


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