Google No aprendemos

15 de marzo de 2006

De las Orteguerías


José Ortega y Gasset fue, además de un gran pensador, un profesor con mayúsculas. Negrita y subrayado, añadimos hoy. Como un componente esencial de su sistema de análisis metafísico se hallaba la comunicación. De nada le servía escudriñar y discernir sobre los muy distintos y variados entresijos de la vida si no era con la intención de compartir sus conclusiones con los demás. Otra cosa es que se le hiciera mucho caso, habitual de la sociedad para con los filósofos, pero Ortega, desde la soledad de las mentes privilegiadas, no cesó nunca en su afán por transmitir sus, podríamos decir, clarividencias. Así lo atestiguan su cátedra y sus libros, ensayos, revistas, artículos, discursos, lecciones… Ortega quería enseñar a pensar a los españoles, que no es poco, y emprendió lo que él mismo llamaba “propaganda de la luz mental” valiéndose de todos los medios a su alcance. Si hubiera conocido la Red habríamos disfrutado, a buen seguro, de un bloguero –con perdón- de altura infinita, que digo yo que esto de la blogalización le seduciría también.

Gracias a la labor de esos atletas del pensamiento el hombre vuelve a encontrarse sólo frente a la bruta y ciega sucesión de los hechos, decía Ramiro de Maeztu. Ortega se esforzó para mitigar esa soledad y dirigió su esfuerzo reflexivo hacia la cotidianidad de los españoles para, partiendo de ella, desgranándola, alcanzar juicios más amplios. Y digo juicios porque ya sabemos que “yo soy yo y mis circunstancias” y las verdades tienen para Ortega tantas caras como ojos la miran, no dejando por ello de ser verdades.

Con la serie de Orteguerías que me propongo iniciar aquí no pretendo, ni muchísimo menos, recuperar el legado intelectual del gran profesor, ni siquiera contribuir a su difusión, que ya existen instituciones y personas dedicadas a tal efecto cargadas de una erudición y un sentido que ni de lejos llenan mis alforjas. Es más, seguramente daré más de una patada a los pensamientos del filósofo queriendo interpretar en sus escritos conclusiones que jamás habrían salido de la cabeza de su autor. Si eso ocurre, sepan mis tres lectores que habrá sido fruto de mi ignorancia y con la mejor de las intenciones. Mis disculpas de antemano.

La España que vivió Ortega es muy distinta de la de hoy, no así los españoles, razón por la que entiendo muy apropiado recuperar algunas de sus reflexiones para comentar los aconteceres que se nos echan encima cada día desde el asidero de cordura que sus pensamientos son, al menos para mí.

Si la humilde intención de este cuaderno titulado No aprendemos es la de llamar la atención sobre la sinrazón que impera en nuestra sociedad, muchas veces como mero ejercicio de desahogo, considero que nada mejor para hacerlo que abrazar los legados de lucidez que regalaron los más grandes. Y Ortega lo fue y sus legados lo fueron.

Aunque algo de homenaje hay en ella, queda inaugurada esta sección de Orteguerías desde la preocupación, lejos del sinvivir aunque algunos días allí casi instalada, de que aquí no aprendemos porque no queremos… que para eso somos españoles.

Mañana empezamos.

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